El Tío Doomer
Ayer en Beijing, un androide llamado Lightning corrió una media maratón en 50 minutos y 26 segundos.
El récord mundial humano es 57 minutos y 20 segundos. Lo tiene un ugandés llamado Jacob Kiplimo que entrenó toda su vida para correrlo. Lightning lo batió por casi siete minutos. Lightning es un teléfono chino con patas.
El año pasado, el robot ganador tardó dos horas cuarenta minutos. En doce meses pasaron de casi tres horas a menos de una. Los organizadores le dieron premios especiales: “Mejor Resistencia”, “Marcha Más Elegante”, “Mejor Percepción”. Como quien domestica algo y le pone nombre.
Un robot cayó de cara a doscientos metros de la largada y terminó la carrera con el torso emparchado con cinta de embalar. Terminó igual.
Nadie en las tribunas parecía asustado.
Yo soy doomer. Permítanme explicarles por qué esto no es exactamente una buena noticia.
Antes de seguir quiero despejar una confusión, porque si no mi sobrina Valentina —y la tía Elvira, y básicamente todo el mundo— va a pensar que estoy hablando de terraplanistas.
El doomer no es un conspiranoico.
El conspiranoico *inventa* la causa. Los reptilianos controlan el agua. Bill Gates puso chips en las vacunas. La conclusión ya la tiene; las pruebas son un trámite.
Dicho esto, hay que admitir que últimamente los conspiranoicos vienen pegando. No porque tengan método —sino porque la “realidad” era tan falsa que hasta el delirio acertó. Los gobiernos sí espiaban masivamente. Las vacunas tenían efectos que negaban. La nasa es un circo. Y el Pizzagate era textual.
El doomer, en cambio, *lee* las causas y llega a conclusiones que el mainstream todavía no tolera. (Es la version futurológica del conspiranóico) Pero el doomer no inventa nada. Mira los datos, hace la suma, y dice en voz alta lo que sale. El problema no es el método. Es el resultado: incómodo, prematuro, imposible de ignorar del todo.
Ser doomer es como ser meteorólogo del apocalipsis: siempre te equivocás hasta el día que no te equivocás, y ese día ya nadie está mirando el pronóstico. El doomer no pide reivindicación. Solo anota. El problema es que la historia termina antes que el cuaderno.
Acá viene la parte erudita y también la parte escatológica. En español esas dos palabras que suenan igual y eso no es accidente sino gracia divina.
**Escatología** —del griego *eschaton*, lo último— es la rama de la teología que estudia el fin de los tiempos. El Apocalipsis. El Juicio Final. Los cuatro jinetes, las trompetas, el lago de fuego.
**Escatología** —del griego *skōr*— es la fascinación con la mierda.
El doomer es un escatólogo en ambos sentidos. Estudia el fin. Y tiene que hablar de mierda todo el día para que alguien le preste atención.
Esta semana Alex Crap, CEO —Chamán Ejecutivo de Operaciones— de Palantir, publicó un manifiesto. Lo tituló *The Technological Republic*. Es número uno del New York Times.
Algunos puntos, citados textualmente:
**Punto 5:** *“La pregunta no es si se van a construir armas de IA. Es quién las va a construir y con qué propósito.”*
**Punto 6:** *“El servicio nacional debería ser un deber universal. Como sociedad deberíamos considerar seriamente alejarnos de un ejército completamente voluntario y solo pelear la próxima guerra si todos comparten el riesgo y el costo.”*
**Punto 12:** *“La era atómica está terminando. Una nueva era de disuasión construida sobre IA está comenzando.”*
**Punto 21:** *“Algunas culturas han producido avances vitales. Otras permanecen disfuncionales y regresivas.”*
El punto 21 es racismo de manual. El punto 6 es conscripción universal envuelta en lenguaje cívico —para los yankis, claro. Ellos deberían ir al ejército. A pelear las guerras que Palantir diseña. Nosotros simplemente vivimos en los países donde esas guerras se desarrollan.
El Apocalipsis como MVP.
MVP: Minimum Viable Product. Lanzás con las features mínimas, fallás rápido, iterás. La Segunda Venida lleva dos mil años en beta. Palantir está trabajando en la v2.0. Y si no hay suficientes usuarios voluntarios, el punto 6 los consigue.
Mientras tanto, Irán bloqueó el Estrecho de Hormuz —el caño por donde pasa el 20% del petróleo mundial. Trump, en represalia, bloqueó el bloqueo. Una negación de la negación, como diría Hegel, si Hegel hubiera tenido que explicarle geopolítica a dos fontaneros que sabotean la misma cañería, mientras todo se inunda de caca.
El doomer anota.
Esta semana también salió una encuesta de 2.400 trabajadores.
El 29% de todos los empleados admite sabotear activamente la estrategia de IA de su empresa. Entre la Generación Z, el número sube al 44%. Casi la mitad. Lo que están haciendo: contaminar datos, falsificar métricas, generar outputs basura para que el management crea que la tecnología no funciona.
Le pusieron nombre: FOBO. Fear Of Becoming Obsolete.
Tiene sentido cuando mirás lo que les dicen sus jefes. El jefe de IA de Microsoft dijo que todo el trabajo de cuello blanco podría automatizarse en dieciocho meses. El CEO de Anthropic dijo que podría eliminarse la mitad de todos los empleos de nivel inicial. Meta anunció que va a reemplazar ingenieros mid-level con IA este año. Y después, con la misma cara con que te ofrecen un plan de suscripción, te piden que adoptes la herramienta. Y te amenazan con despedirte si no lo hacés. Accenture monitorea los logins semanales para decidir ascensos.
El remate lo puso Alex Crap en Davos.
Un auditorio de millonarios. Micrófonos. Cámaras. El hombre parado en el escenario con los ojos demasiado abiertos, la voz demasiado intensa, el gesto de quien no está vendiendo un producto sino anunciando una revelación.
Y la revelación es esta: *“La IA va a destruir los empleos de la humanidad. Están jodidos.”*
Dicho así. A los gritos casi. Con la satisfacción visceral del que guardó eso durante años, lo masticó en silencio, y ahora por fin puede escupírselo en la cara a una sala llena de trajes. Bravucón. Resarcido.
El auditorio aplaudió.
Alex Crap volvió a su asiento.
La última vez que los trabajadores destruyeron sistemáticamente las máquinas que amenazaban sus empleos fue el movimiento ludita en 1811. Los libros de historia los trataron como idiotas. Tenían doscientos años de anticipación.
Nadie los llamó para decírselo.
Volvamos a Beijing.
Entre los más de cien equipos que compitieron ayer había uno especial. Mini Pi, el robot más chiquitito de la carrera. Tan chiquitito, tan evidentemente fuera de su categoría, tan irresistiblemente tierno, que los organizadores le inventaron un premio. Una categoría propia. Para que pudiera ganar igual.
Mini Pi terminó la carrera. Recibió su premio. Los organizadores aplaudieron.
Lightning ya había cruzado la meta hace rato, batiendo el récord mundial humano, sin transpirar, sin que nadie le hubiera inventado nada.
Tener razón después del fin no es tener razón. Es ser el último en apagar la luz.





Gracias
Ormuz
Hormuz
Hormus
Hurmus
Hummus
Hammas
todo conektado