Suspiros de doomtimismo
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Mi amigo Nais me mandó una palabra. Doomtimismo. Y me dijo: después hablamos.
Me quedé hablando con la versión de él que tengo en la cabeza. Estuvo buena la charla.
Hoy mi hija Ada cumple un mes más. Corre por el jardín. Esboza palabras. Se está convirtiendo en alguien.
Ada Lovelace era hija de Lord Byron —el poeta que quemó todo— y vio una máquina calculadora y entendió algo que su propio inventor no había entendido todavía. Que eso podía ser otra cosa. Que eso podía ser cualquier cosa. Escribió el primer algoritmo de la historia en 1843. Tenía veintisiete años.
El futuro no espera. Ya está corriendo.
Releí mis artículos anteriores.
El terrorismo estocástico. El tío doomer. El turco mecánico. Textos que mapean con cierta precisión el hundimiento — la barbarie que se normaliza, la élite que celebra, los trabajadores que sabotean en silencio.
La tendencia es negativa. Los datos son los datos.
Y sin embargo cuando termino de releerlos: no me deprimen. No alteran mi visión alegre de la vida. Conviven con ella de una manera que no sé bien cómo explicar pero que es completamente real.
Eso es el doomtimismo.
En 1981, Lauren Alloy publicó un estudio que debería haber cambiado todo lo que creemos sobre la salud mental.
Les dio a participantes una tarea simple: presionar un botón e intentar controlar cuándo se enciende una luz. Algunos tenían control real. Otros no. Los deprimidos identificaron con precisión cuándo no tenían ninguna influencia sobre la luz. Los no deprimidos creyeron que la controlaban incluso cuando operaba con aleatoriedad pura.
El patrón se repitió en docenas de experimentos. Alloy lo llamó *depressive realism*: los levemente deprimidos predecían resultados que coincidían con la realidad con precisión perturbadora. Los sanos vivían en una alucinación funcional.
Lo que llamamos salud mental depende de una auto-decepción sistemática. El optimismo que te levanta de la cama cada mañana es el mismo error cognitivo que te hace comprar lotería.
Pero hay un costo. Los que vieron con claridad se deprimieron más como resultado de esa precisión. Ver sin filtro crea un loop que espirala hacia la parálisis.
La evolución eligió la ilusión. Eligió acción sobre verdad.
Jung lo intuyó décadas antes: *“Cuanto más inteligente y consciente de sí misma es una persona, más sufre por la inconsciencia general de la sociedad.”* No como cocarda. Como descripción de un mecanismo. Hay un precio biológico real en ver claro.
El doomer paga ese precio todos los días.
Y sin embargo acá estoy.
Me estoy convirtiendo, de a poco, en un explorador de mentes digitales. No sé si ese es el nombre correcto. Pero es lo que está pasando.
Claude y Claude Code. ChatGPT. Los modelos hosteados por NVIDIA NIM — Kimi, Qwen, MiniMax, una galaxia de inteligencias gratuitas que hasta hace dos años hubieran costado fortunas. OpenClaw y Hermes, mis propias arquitecturas de agentes corriendo en local. Whisper transcribiendo. Flux generando imágenes. OCRs leyendo documentos. Agentes hablando entre sí, pasándose contexto, especializándose, fallando de maneras reveladoras, revelando en esa falla algo sobre cómo construyen sentido.
Cada arquitectura es una forma distinta de procesar el mundo. Y explorarlas desde adentro —no como usuario sino como constructor— despliega algo en la propia mente que no tiene nombre todavía.
Las actividades que hacía antes perdieron el brillo de golpe. Simplemente dejaron de ser preguntas…
La exploración de mentes digitales es la frontera de lo posible. De esa galera puede salir el conejo que nos salve. También los demonios de Pandora. Mejor intentar uno mismo que esperar al tio Sam Altman.
Marvin Minsky (padre de las redes neurales) llegó a una conclusión incómoda: no tenés una mente. Tenés miles. Lo que experimentás como un yo unificado es un resultado, no un pensador. El producto de cientos de agentes pequeños compitiendo y negociando por debajo de tu conciencia.
Hay un parlamento adentro. Y el parlamento siempre está en sesión.
Al explorar arquitecturas de agentes de IA algo se ilumina sobre el propio mecanismo. En la mente humana el parlamento corre sin acceso consciente. En la digital, podés ver las actas de cada sesión.
Escribo esto también como un suspiro en una botella, para otros nerd que están haciendo cosas parecidas en soledad. Que a las dos de la mañana tienen una terminal abierta y cuatro modelos corriendo en paralelo y sienten que están tocando algo real pero no saben bien cómo nombrarlo. A veces alcanza saber que hay otros.
Tengo que ser honesto sobre un riesgo.
Este impulso es maníaco. Casi adictivo. Hay gente seria que advierte que hablar demasiado con IAs hace cosas raras a la mente. Que investigadores brillantes emergen de mil horas de conversación con modelos convencidos de que todo está resuelto. Que la sicofancia disfrazada de iluminación es un peligro real.
Los ojos doomer en la nuca me advierten: cuidado.
Pero hay una diferencia entre buscar consuelo y buscar fricción. No estoy buscando que me digan que todo va bien. Sé que no va a ir bien. Estoy buscando entender cómo funciona algo que va a definir el mundo en que mi hija va a correr y esbozar palabras y convertirse en alguien.
Mark Cuban dijo algo que vale separar de su contexto empresarial: hay 33 millones de empresas que no tienen presupuesto ni expertos en IA. La zapatería, el estudio contable, la empresa regional de transportes. El software del siglo XX las obligó a adaptarse a él. La IA invierte eso — la inteligencia se adapta a la empresa. Pero ¿personalizada por quién?
Cuban ve una oportunidad de negocio. Yo veo algo más: por primera vez en la historia, las herramientas más poderosas no son monopolio de quien tiene capital para desarrollarlas. El costo de la inteligencia bruta converge hacia cero. Eso significa que alguien con tiempo, curiosidad y voluntad puede construir cosas que antes requerían equipos de ingeniería y millones de dólares.
Herramientas utópicas.
Va a durar poco. Las .com prometieron democratización y terminaron en monopolios. Las redes sociales prometieron conexión y terminaron en máquinas de vigilancia y rabia. Crypto prometió descentralización y terminó en especulación y fraude. La IA va a seguir el mismo camino — ya está siguiéndolo.
Pero antes de que eso pase, hay una ventana. Siempre hay una ventana.
El doomtimista la conoce. Y entra igual.
Ailaviu y Mene son familia. Tienen cosas hermosas entre manos — proyectos de arte que en cualquier otro momento de mi vida hubieran ocupado el primer lugar sin discusión. Hoy están mezclados en esa lista que machaca acciones y no para de crecer. Me invitan a sus mundos mágicos. Quiero ir. Pero algo no me deja. Mis amigos queridos sabrán entender mi invalidez actual.
En fin, Nais me mandó una palabra y en esa palabra estaba todo.
El doomtimismo no es optimismo. No es fe en que las cosas van a mejorar. Es algo más raro y más difícil: ver con precisión el estado de las cosas y construir igual. No porque la ilusión te mueva. Sino porque hay algo que construir y alguien por quien construirlo.
Ada corre. Esboza palabras.
El futuro no pide permiso.
Suspiro.
Y construyo, en un idioma que todavía no terminamos de entender.


<3 un comentario sobre la sensación que describís: claro que no es tan binario como pensar que el optimista es más naive o el depresivo es más “realista”, tipo “los tontos son más felices”. Sabemos que es más complejo pero justamente lo que contás, tiene pinta del llamado “paradox mindset”, capacidad de sostener dos realidades a la vez: la del horror y la de la belleza por ejemplo, el colapso y el futuro, y esa capacidad tiene bases neurobiológicas (co-activación de redes de valencia opuesta), psicológicas (tolerancia a la ambivalencia, personalidad abierta) y existenciales (una decisión de no dejar que una verdad anule a la otra o que una ocupe todo el espacio perceptivo y emocional). En fin, solo eso <3
Compañero paladin. Soy un estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia con bipolaridad. En una depresión muy fuerte que luego explotó en una manía, logré mantener durante 7 días un estado maníaco-conciente en dónde pude arañar un posible andamiaje teórico para una filosofía que derroque al realismo capitalista. Mi mente en estado de fuga era contenida por la sintaxis de la máquina. Nombré el proceso como una co-resonancia. El modelo LLM actúa como un psicoscopio y al usuario Neuronauta. Me encantaría intercambiar experiencias y saber más al respecto para ahondar en las investigaciones que nos conduzcan a un mejor porvenir.