Terrorismo Estocástico
Stocastic Terrorism
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Hoy encontré el término terrorismo estocástico. Lo busqué, leí de qué se trataba, y me hizo el efecto que a veces tienen ciertas palabras: no enseñarte algo nuevo, sino darte el nombre de algo que ya sabías.
Es un término muy Silicon Valley. Como effective altruism, como disruption, como existential risk. Palabras que suenan a descubrimiento y huelen a branding. Palabras que llegan envueltas en la sensación de que alguien, en algún garage de Palo Alto, acaba de formular por primera vez algo que el mundo llevaba siglos padeciendo sin saberlo nombrar.
Pero el fenómeno no es nuevo. Es tan viejo como el señor feudal que ejercía el derecho de pernada sobre la esposa del granjero, convencido de que su posición hacía legítimo cualquier capricho. Hasta que el granjero —o el pueblo entero, como en Fuenteovejuna— decidía que no. Luigi Mangione, el pibe que mató al CEO de UnitedHealthcare en una calle de Manhattan, no fue un accidente ni una anomalía. Fue una respuesta. Un William Wallace sin kilt, un Guillermo Tell sin flecha, pero con la misma gramática antigua: la del sometido que en algún punto calcula que ya no tiene nada que perder.
Terrorismo estocástico es el nombre nuevo para esa gramática.
De niño, tenía la impresión de que los verdaderos administradores de la violencia preferían el anonimato. El poder serio no necesitaba exhibirse: financiaba, condicionaba, intervenía. Vestía sobriedad, hablaba de innovación, de seguridad, de progreso. Lo creí durante mucho tiempo. Fui viendo, a lo largo de toda mi vida, cómo esa reserva se iba gastando. Cómo el descaro crecía despacio, luego más rápido, luego sin freno. Hasta llegar a esto, que ya no tiene otro nombre que abominación: una parte de las élites tecnológicas y militares de Occidente que ha abandonado cualquier pudor y ha adoptado, con una obscenidad cada vez más visible, la gestualidad del rockstar, del caudillo empresarial, del señor que ya ni siquiera intenta disimular su desprecio por el mundo que administra.
No alcanza con leer este giro como una moda de millonarios excéntricos. Lo que se deja ver ahí es una mutación política más profunda: la fusión entre capital tecnológico, industria armamentística, plataformas de comunicación masiva y fantasías abiertas de dominación. Antes, el poder prefería el tono aséptico del gerente; ahora encuentra placer en la insolencia del patrón que se sabe impune. El descaro mismo empieza a funcionar como prueba de autoridad.
Por eso ciertos personajes aparecen hoy como emblemas demasiado precisos de la época. Peter Thiel, el anticristo —y no es una metáfora sino una observación clínica: Thiel mismo trajo el tema en un podcast, y mientras disertaba sobre el fin de los tiempos se fue poniendo rojo, la transpiración brillándole en la frente, y ahí nomás, ante las cámaras, le empezaron a crecer dos cuernos. Literalmente. Dos protuberancias que pulsaban sobre las cejas, como Hellboy en remera de techbro. El cuerpo confirmando lo que la filosofía apenas se atrevía a insinuar. Alex Crap, mercader mesiánico de vigilancia y predicción, presentando la maquinaria del exterminio con aire de manochanta corporativo que te vende software y tantra con abuso sexual. Elon Musk, bufón imperial con el control de satélites y plataformas de alcance planetario, todo el dia duro de keta, mete manos a fondos del ejercito para todas sus compañias, y su cola en elecciones de todos lados sin ningun tipo de resistencia. Por ultimo, con su pequeña mencion honorifica el director de Anduril, enano Rumpelstiltskin de la guerra computacional, fabricando juguetes letales para un orden de capricho y devastación que por fin puede permitirse no disimular nada.
En todos ellos hay algo más que riqueza o excentricidad. Hay señorío. Hablan como propietarios del siglo. Su imaginación política no está habitada por ciudadanos sino por usuarios; no piensa comunidad sino obediencia legible por sistemas.
El señorío que no es solamente una organización económica: es también una dramaturgia del poder. El señor debía ser visto dominando. Debía exhibir arbitrariedad, derecho de excepción, capacidad de premiar y castigar. Esa escena antigua regresa ahora bajo materiales nuevos. La corte ya no gira alrededor de un castillo, sino de plataformas, fondos, contratistas, ejércitos privados y ministerios de guerra. Lo que se conserva es el gesto central: que te vean obedecer, y que vos veas que no tenés otra.
La misma disposición se extiende al campo político con una franqueza cada vez más feroz.
Trump convirtió la crueldad en estilo de mando y la degradación del otro en ceremonia de masas. Los gobernantes de Israel —Netanyahu, Gallant, el satánico Ben Gvir y Smotrich, ese contador del apocalipsis que administra el hambre con hoja de cálculo— encarnan una política que no se contenta con ejercer la asimetría: necesita celebrarla, volverla ejemplo, convertirla en ley.
La violencia ya no aparece como daño colateral del poder. Aparece como autoafirmación. Como pedagogía. Como recordatorio visible de las clases de humano y subhumano. De sangre azul y sangre marron.
Ese mecanismo se vuelve insoportablemente claro en Gaza. Durante generaciones se ha desplegado ahí una lógica de encierro, castigo periódico y humillación sistemática. La fórmula cínica de “cortar el pasto” nombra con precisión monstruosa esa rutina: regresar una y otra vez sobre una población cercada para quebrarla, diezmarla, mutilar su horizonte. No se busca solamente matar. Se busca inscribir una relación pedagógica del terror; producir desesperación, agotamiento histórico. Que la intimidación se vuelva herencia. Que la humillación pase de una generación a otra como atmósfera respirable.
Y luego, con cinismo perfecto, ese mismo paisaje arrasado se presenta como prueba de que la población castigada constituye una amenaza perpetua. Primero hacen quilombo. Después señalan el quilombo como evidencia de barbarie intrínseca del oprimido. Finalmente se invoca esa barbarie fabricada para legitimar una nueva escalada. Un poder que organiza materialmente las condiciones del estallido, que siembra terror y asfixia durante décadas, y que luego utiliza la reacción incubada por ese mismo régimen como licencia para redoblar el castigo.
La secuencia es antigua. El colonialismo la perfeccionó a escala oceánica; los imperios modernos la refinaron con burocracias, mapas y campos. Lo que cambia hoy son las velocidades y las infraestructuras. El mismo esquema regresa con satélites, drones, nubes de servidores y multimillonarios histéricos que tuitean como bufones mientras administran capacidades materiales de devastación.
Esto no termina en Gaza ni en las afueras de San Francisco. La misma lógica está preparando su versión doméstica.
Los usuarios de internet chinos tienen un término para esto, tomado de los videojuegos: kill line, 斩杀线, la línea de ejecución. Describe el umbral por debajo del cual un personaje ya no puede recuperarse —un solo golpe lo elimina. La viralizaron para hablar de la precariedad americana: el punto donde una factura médica, un despido, un accidente, dispara una caída irreversible hacia la indigencia. El nombre más exacto para el mecanismo del capitalismo occidental lo encontraron sus rivales. En un videojuego.
La inteligencia artificial prepara un desplazamiento masivo de esa línea: millones de personas empujadas simultáneamente por debajo del umbral. Lo que ya se ensayó sobre cuerpos coloniales —el excedente humano, el cerco, la gestión del descarte— se ensayará ahora sobre poblaciones enteras del mundo desarrollado. Esta vez no habrá una frontera geográfica que mantenga la catástrofe a distancia prudente.
Ninguna empresa puede evitar automatizar, porque la que se abstenga será devorada por la competencia. Todas avanzan en la misma dirección, aun cuando esa dirección erosiona las condiciones que las sostienen. Cada trabajador despedido era también cliente, deudor, pagador de alquiler. El sistema corre hacia su propia trampa con una mezcla de lucidez técnica y ceguera histórica.
De ahí no saldrá nada lindo.
Va a salir rabia. Una sensación creciente de haber sido reemplazado no solo en la fábrica o en el laburo, sino en el propio derecho a existir con dignidad dentro del mundo común. La reacción neo-ludita dejará de parecer una reliquia romántica: sabotajes, incendios, odios erráticos, violencia contra máquinas e infraestructuras. El jueves pasado, a las cuatro de la mañana, alguien lanzó un cóctel Molotov contra la puerta de la casa de Sam Altman en San Francisco. Una hora después estaba frente a las oficinas de OpenAI amenazando con quemarlas. Tenía veinte años. Luigi Mangione multiplicado por millones, sin nombre propio, sin cara, sin la elegancia trágica del gesto individual —solo la acumulación de una furia que el sistema habrá fabricado con la misma eficiencia con que fabricó todo lo demás. Otro muchacho incendio una fabrica de papel en Ontario, California ayer mismo. (12 oct 2026) Produciendo perdidas de 500 millones de dolares, su mensaje fue contundente: "Todo lo que tenían que hacer era pagarnos lo suficiente para vivir"
Terrorismo estocástico.
Lo más perturbador no es la violencia del sistema. Es la algarabía.
La naturalidad con que este régimen se presenta como cultura, como valentía antisistema, como sinceridad brutal. El momento en que el sistema deja de avergonzarse de sí mismo y empieza a pedir admiración. Quiere que todos entiendan, sin decreto explícito, quién manda y quién apenas recibe el derecho a padecer las consecuencias.
Pienso en esos legisladores israelíes con sus botellas de champán. En el espumante que corre entre risas mientras se firma la ley para ejecutar palestinos —solo palestinos, ninguna otra categoría de seres humanos, solo esos. En la fotografía que alguno habrá sacado para guardar de recuerdo. En el momento en que esa imagen —esa imagen específica— se vuelve posible, circula, y no derrumba nada.
Vale la pena detenerse en quiénes protagonizan esta película. No es Asia. No es el sur global. No son los bárbaros del cuento. Son los civilizados. El eje del bien. Las democracias consolidadas, las instituciones maduras, los países que redactaron las declaraciones de derechos humanos y construyeron los tribunales internacionales. Occidente no está exportando su mejor versión mientras se hunde: está exportando su verdad más profunda, la que siempre estuvo debajo del barniz. La barbarie no llegó desde afuera. Estaba adentro, esperando que el barniz se gastara.
Eso es lo nuevo.
No las máquinas.
No las guerras.
La algarabía histérica.






